Ezequiel González | Escriptor i professor 

El basalto es oscuro, vetado, eterno y sostiene un pueblo. Es tan resistente que en este instante y desde hace siglos sostiene al pueblo de Castellfollit de la Roca. Estamos acá, mirándolo desde el frente y desde abajo, sobre la vera de una curva del mismo camino que llega al pueblo en aquel peñón casi negro, a pocos metros de los huertos verdes que alimentan a los menos de mil habitantes de aquella montaña. Los perfiles de las casas grises, medievales, sobre el basalto con sus ventanas al precipicio, tantas veces hechos cuadros, dan la sensación de alguno de los siete reinos de Juegos de Tronos. Pero en la punta de la iglesia flamea con toda la furia una estelada gigante y entonces es la Catalunya de los lazos amarillos. Nos miramos maravillados entre nosotros mientras escuchamos a Francesc, que además de ser nuestro guía por hoy y en esta excursión, es el responsable de la Residencia Faber, en Olot.

Andrea, de Guatemala, saca fotos con su móvil, introspectiva ¿obnubilada?; Don, de Canadá, se hace visera con la mano sobre su frente para mirar siempre más allá y embriagar su retina hasta el último vaso. Gerard, el catalán que maneja la furgoneta, abre la puerta para partir hacia el próximo pueblo; Milthon, de Honduras, apura el paso y mira por última vez lo que tanto le ha admirado, imaginando, quizás, qué bien se lucharía desde allí arriba;  Lucía, argentina, la última en subir porque no puede dejar de disparar su Nikon, intentando atrapar lo que no puede, hacia el pueblo en basalto.

Andamos. ¿Ese puente fue bombardeado durante la guerra civil?

Y empezamos a subir de nuevo. El gris de las nubes se hace todo y cuando bajamos de la nave de Gerard, en el pueblo Sant Privat d’en Bas, hace más frío. Las cabezas no llegan a inclinarse lo suficiente para mirar aquella cumbre verde -todo es muy verde- que centinela este pueblo y su salto de agua que hoy no salta ni agua, pero lo vemos allá lejos, siguiendo el dedo índice de Francesc. Atravesamos el arco techado de la entrada, un pórtico, un pasadizo, una compuerta a una realidad paralela en la cual todo el pueblo en esa plaza: su bar, sus poquísimas casas con flores de colores en los balcones de madera, tejones rancios, puertitas, persianas verdes y rojas y sin colores, su iglesia a escala medieval, otra casa, y el cementerio. Todo, TODO, rodeando la plaza.  ¿Y más allá? Si acá se puede comer, beber, pedir perdón, volver a comer, beber y morir ¿qué importa más allá?

De nuevo a la nave de Gerard, y de nuevo Don, Lucía, Milthon, Andrea: que qué lindo, que sí me gustaría vivir acá y quedarme a escribir para siempre, y lo bueno de tener el cementerio al frente del bar y qué bellas las entrañas de La Garrotxa. Y escuchá, paz, yo me quedo acá. Pero no, mejor lo anhelado que la certeza.

Andamos. Seguimos a Francesc hasta la propera parada: “els Hostalets”, avisa el cartel y “No es Espanya”, alguien agregó a su vez.

¿Cómo puede ser que un pueblo sea una sola calle? Sí, una calle, que dobla y se hace la carrer de Teixeda.  Una calle y su manzana que contemplan la iglesia pequeña, algunos pocos bares, la carnicería, el forn de pa, una veterinaria y casas donde viven gentes que cuelgan banderas o lazos o sís abanderados, no todas, pero algunas. Y Lucía con su mirada verde en su Nikon y en la incertidumbre de su viaje, su pensamiento vaya a saber dónde o con quién, quiere atrapar todas las flores que cuelgan en la calle;  Andrea con su perspicacia de aprenderlo todo y la sonrisa urgente cuando descubre tal o cual detalle encantador de este pueblo tan coqueto que a sus veinte le prometen tanto; Don con sus silencios contemplativos llenos de preguntas que tanto aprenden pero más enseñan; Milthon con el humor y la complicidad del que va descubriendo lugares en los que le gustaría vivir, y siempre luchar.

A subir de nuevo, manda Francesc y Gerard al volante nos lleva entre curvas y rotondas, subidas y siempreverdes hasta llegar al último de los pueblos elegidos.

De Sant Pau nos embelesa sus vistas, sus callecitas dobladas y en bajada, su puente lleno –lleno- de lazos amarillos y flores amarillas y muchas ganas amarillas abrazadas a las barandas de este puente que cruza un río ya sin agua y que pretende acercar a la ciudad vieja, medieval, donde un castillo sin habitar y construcciones de piedra, algunas más reformadas que otras, van mostrando el encanto que suelen tener estos pueblos tan típicos de las entrañas de La Garrotxa, de la Catalunya visceral. Pero en una de las paredes de esta ciudad amurallada de solo dos entradas hay una nena de bronce. Pequeñita, la cabeza gacha, imperceptible, de una tristeza inalcanzable ¿quién será, quién habrá sido, qué le habrá pasado? La nena logra punzarnos y ya no volveremos tan tranquilos ni tan turistas.

Pero hay que volver, aunque a veces pienso qué bien nos quedaríamos por estos rincones con Lucía, Milthon, Andrea, Don, los de antes los de después. Como alguna vez y por muchos años ya lo hiciere Francesc (nuestro guía) el de la Faber, el de la casa en la montaña. Pero hay que volver: desde que Ulises y Penélope, siempre hay que volver.Y entonces el último tramo lo hacemos en silencio, buscando reminiscencias de aquellos días que ya terminan. Y entonces Felipe, Javier, Marina, Cristina, Ana, David y SomAtents. Y entonces Amalia y entonces  Andrés.

Andamos. Volvimos a la Faber, entre montañas y volcanes, donde todo empezó, donde periodistas, escritores, profesores –seres y humanos, qué más- se juntan de cuando en vez a intentar darle una vuelta más, o menos, a esto de querer narrar, narrarnos.

Ahora es mañana y ya nos fuimos para siempre. Pero hay que volver. Como Toto a Giancaldo, nosotros y la Faber. El lugar donde la poesía pasa algunos días y todas las noches, y nos sigue atravesando, al cabo y al fin.